Historia del Monte del Templo en Jerusalén

Ni mezquita convencional ni capricho arquitectónico. La joya de Jerusalén nació en el año 691 d.C. como un arma de legitimidad dinástica en...


Fotografía cinematográfica en formato 16:9 que muestra a una mujer mayor con hiyab azul y vestimenta negra en primer plano, de perfil en el Monte del Templo en Jerusalén. Al fondo, desenfocado con un suave efecto bokeh, se alza la monumental Cúpula de la Roca bajo la luz dorada del atardecer, con personas paseando por la explanada de piedra.
Ni mezquita convencional ni capricho arquitectónico. La joya de Jerusalén nació en el año 691 d.C. como un arma de legitimidad dinástica en plena guerra civil islámica. Descubre la verdadera razón de su construcción.


Origen y evolución del complejo monumental Omeya


El Monte del Templo, conocido en la tradición islámica como Haram al-Sharif o el Noble Santuario, constituye uno de los complejos arquitectónicos y arqueológicos más densos del planeta, ubicado en la Ciudad Vieja de Jerusalén. Con una extensión aproximada de 145,000 metros cuadrados, este espacio rectangular delimitado por muros de contención herodianos alberga la Cúpula de la Roca, la Mezquita de Al-Aqsa y diversas estructuras menores. La configuración actual del sitio deriva de superposiciones históricas que abarcan más de tres milenios, donde se intersectan las soberanías e identidades teológicas del judaísmo, el cristianismo y el islam.

La construcción de la Cúpula de la Roca se completó en el año 691 d.C., equivalente al año 72 de la Hégira en el calendario islámico. El proyecto fue ejecutado bajo el mandato del noveno califa de la dinastía Omeya, Abd al-Malik ibn Marwan, en un periodo de alta inestabilidad política conocido por los historiadores como la Segunda Fitna o guerra civil islámica. Los registros arqueológicos confirman que el santuario no se diseñó como una mezquita convencional para la oración congregacional de los viernes, sino como un monumento de planta centralizada y octogonal destinado a proteger la roca expuesta situada en su núcleo.

Las dimensiones del edificio siguen una geometría precisa basada en el diseño bizantino de martirios o templos conmemorativos. La cúpula central posee un diámetro aproximado de 20 metros y se eleva a una altura equivalente sobre la plataforma. El califa Abd al-Malik financió la obra utilizando los ingresos fiscales de la provincia de Egipto durante un periodo consecutivo de siete años, lo que permitió el empleo de materiales suntuarios, incluyendo mosaicos de vidrio de estilo sirio-bizantino y láminas de oro para revestir la cubierta exterior, estableciendo un hito en la arquitectura califal temprana.


Motivaciones políticas y arquitectónicas de la dinastía Omeya


La edificación de la Cúpula de la Roca respondió a imperativos estratégicos de carácter tanto interno como externo. Durante el proceso de construcción, el califa Abd al-Malik no ejercía un control total sobre las ciudades santas de La Meca y Medina, las cuales se encontraban bajo el dominio del califa rival Abdallah ibn al-Zubayr. Crónicas medievales tempranas señalan que el gobierno omeya de Damasco buscaba desviar el flujo de las peregrinaciones anuales hacia Jerusalén, consolidando un centro político y espiritual alternativo que legitimara su autoridad dinástica sobre el imperio en expansión.

A nivel externo, Jerusalén funcionaba a finales del siglo VII como un núcleo urbano predominantemente cristiano, caracterizado por la presencia de la Iglesia del Santo Sepulcro, cuya rotonda o Anastasis medía el mismo diámetro que la nueva cúpula omeya. La arquitectura de la Cúpula de la Roca se concibió para competir directamente en el paisaje visual de la ciudad, proyectando la soberanía del nuevo estado islámico frente al Imperio Bizantino. Al elevar un monumento de tales proporciones sobre las ruinas desoladas del antiguo templo judío, la administración omeya declaró el triunfo teológico y militar del islam sobre las religiones precedentes.

Para la ejecución material del proyecto, la administración califal contrató mano de obra local y especialistas en ingeniería de la región de la Gran Siria. Entre los directores de la obra destacaron el erudito musulmán Raja ibn Haywa, originario de Beit She'an, y el ingeniero cristiano Yazid ibn Salam, residente de Jerusalén. Esta cooperación interreligiosa explica la adopción de técnicas de cantería y sistemas de proporciones matemáticas derivados directamente de las tradiciones constructivas romanas tardías y bizantinas, adaptadas a los nuevos requisitos iconográficos del califato.


Análisis epigráfico de las inscripciones cúficas del año 691


El documento histórico más fiable y directo sobre los objetivos fundacionales del santuario se localiza en su propio interior. Se trata de una banda de mosaicos epigráficos de 240 metros de longitud que recorre las arcadas internas del octágono. Las inscripciones están redactadas en caracteres cúficos primitivos, una de las formas más antiguas de la caligrafía árabe, y carecen de los puntos diacríticos que se estandarizaron de manera posterior en el idioma.

El texto contiene una selección de versículos coránicos enfocados de forma estricta en la naturaleza del monoteísmo. Los pasajes apelan directamente a la Gente del Libro, término empleado para designar a cristianos y judíos, instándoles a no cometer excesos en su fe y afirmando de manera explícita que Jesús, hijo de María, fue un mensajero de Dios y su palabra, pero rechaza la doctrina de la Trinidad y la filiación divina. El análisis paleográfico e histórico demuestra que el monumento operaba como un manifiesto teológico público en un espacio urbano de mayoría cristiana.

Un aspecto relevante para la crítica histórica es la alteración detected en la sección que atribuye la autoría del edificio. En el siglo IX, el califa abásida Al-Ma'mun ordenó sustituir el nombre de Abd al-Malik por el suyo propio en los mosaicos para apropiarse del prestigio del santuario. Sin embargo, los restauradores de la época mantuvieron intacta la fecha original del año 72 de la Hégira, generando un anacronismo cronológico que permitió a los investigadores del siglo XIX comprobar la autenticidad del patrocinio omeya original y la manipulación documental posterior.


La Roca Sagrada y su convergencia en los textos antiguos


El eje central del monumento está constituido por una formación de piedra caliza conocida como la Roca Sagrada o Piedra de la Fundación, la cual mide aproximadamente 17.7 metros de largo por 13.5 metros de ancho. En la literatura rabínica y en los manuscritos del Talmud, esta roca es denominada Eben Shetiyah. Según los textos teológicos judíos compilados durante los primeros siglos de la era común, este afloramiento rocoso constituye el punto inicial de la creación del mundo y el sitio sobre el cual se depositaba el Arca de la Alianza dentro del Sancta Sanctorum del Primer Templo.

La misma ubicación geográfica es identificada en los textos del Génesis como el Monte Moriah, el espacio geográfico asignado para el sacrificio de Isaac. Las excavaciones arqueológicas periféricas y los estudios topográficos sostienen que la roca formaba la parte más alta de la colina oriental de Jerusalén, facilitando su elección como plataforma de culto desde la Edad del Hierro. Tras la destrucción del Segundo Templo a manos de las legiones romanas comandadas por Tito en el año 70 d.C., la roca permaneció expuesta y desolada durante el periodo romano tardío y bizantino, sufriendo la degradación física debido a su uso intermitente como cantera.

En la tradición islámica, los primeros comentarios del Corán y las colecciones de Hadices del siglo VIII asociaron este punto geográfico con el viaje nocturno o Al-Isra wal-Mi'raj del profeta Mahoma. Según estos relatos, el profeta ascendió a los cielos desde la superficie de esta piedra. No obstante, las crónicas de los primeros cronistas islámicos, como Ibn Ishaq, evidencian que la identificación específica de la roca con el punto exacto de la ascensión fue un proceso de desarrollo teológico gradual, consolidado definitivamente tras la edificación del santuario omeya y la fijación de las rutas de peregrinación locales.


Testimonios documentales de la Guenizá de El Cairo y crónicas cristianas


La reconstrucción de los acontecimientos posteriores a la conquista musulmana de Jerusalén en el año 637 d.C. cuenta con el respaldo de documentos hallados en la Guenizá de El Cairo, un depósito de casi 400,000 fragmentos de manuscritos judíos redactados entre los siglos IX y XIX. Varios textos de esta colección detallan las condiciones del acuerdo de capitulación de la ciudad ante el califa Omar ibn al-Jattab. Los escritos señalan que el área del monte se encontraba sepultada bajo toneladas de desechos urbanos acumulados deliberadamente por las autoridades bizantinas para simbolizar el abandono definitivo del judaísmo.

Los manuscritos de la Guenizá confirman de manera complementaria que el califa Omar autorizó el reasentamiento de familias judías en Jerusalén y les asignó, junto con la población local, las labores de limpieza de la explanada de la roca. Este dato coincide de forma parcial con crónicas cristianas contemporáneas, como el manuscrito De Locis Sanctis dictado por el obispo galo Arculfo en el año 670 d.C. Arculfo, quien visitó la ciudad veinte años antes de la construcción de la Cúpula de la Roca, describió la existencia de una estructura precaria de madera edificada sobre los restos del templo judío, capaz de albergar a tres mil fieles, lo que prueba la existencia de un espacio de culto islámico primitivo en el sitio antes del despliegue arquitectónico de la dinastía Omeya.

Durante las Cruzadas, tras la toma de Jerusalén en 1099, el edificio sufrió modificaciones estructurales significativas al ser convertido en una iglesia cristiana bajo el nombre de Templum Domini o Templo del Señor, administrado por la orden de los Canónigos Regulares del Santo Sepulcro. Los caballeros templarios utilizaron el monumento como base de operaciones y replicaron su planta octogonal en numerosas iglesias de Europa occidental. Los mosaicos árabes fueron parcialmente cubiertos con inscripciones en latín y se revistió la Roca Sagrada con una rejilla de hierro para evitar que los peregrinos extrajeran fragmentos de la piedra como reliquias, elementos documentados en las crónicas del historiador Guillermo de Tiro.


Síntesis de las transformaciones estructurales e implicaciones contemporáneas


El control del monumento retornó a manos islámicas en el año 1187, luego de la victoria militar de Saladino en la batalla de Hattin. El nuevo gobierno restituyó las funciones originales del santuario, retirando los altares cristianos e iniciando un ciclo de restauraciones documentadas en inscripciones añadidas al techo de madera de la estructura. Durante el periodo mameluco (siglos XIII al XVI) y el periodo otomano, iniciado en 1517 bajo Solimán el Magnífico, el monumento experimentó su transformación estética externa definitiva. Solimán ordenó sustituir los mosaicos exteriores bizantinos, dañados por la erosión climática, por azulejos de cerámica policromada fabricados en Iznik, configurando la fachada actual del edificio.

En el siglo XX, el aspecto técnico de la cúpula fue modificado drásticamente a través de intervenciones estructurales financiadas por el Reino de Jordania y comisiones internacionales en 1965 y 1993. El revestimiento de plomo original fue reemplazado por una aleación de aluminio y bronce recubierta con una capa de oro de catorce quilates, reduciendo el peso de la estructura sobre los pilares internos y otorgándole su brillo actual. Estas obras fueron supervisadas por ingenieros civiles utilizando metodologías analíticas para preservar la mampostería original del siglo VII.

En la actualidad, la administración operativa de la Cúpula de la Roca y de toda la Explanada de las Mezquitas recae en el Waqf de Jerusalén, un organismo religioso financiado y coordinado por el gobierno jordano, de acuerdo con el statu quo histórico ratificado en los tratados internacionales de paz de 1994. Por su parte, el Estado de Israel ejerce el control de la seguridad perimetral y los accesos al complejo desde 1967. El examen minucioso de los manuscritos, las inscripciones epigráficas y el registro arqueológico demuestra que la Cúpula de la Roca representa una pieza clave de la arquitectura Omeya que transformó un espacio de memoria bíblica y judía en el eje visual y teológico del islam temprano en la región.