¿Qué pasará con el Tratado New START en 2026? Analizamos la crisis nuclear entre Rusia y EE. UU. y el riesgo de una nueva carrera armament...
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| ¿Qué pasará con el Tratado New START en 2026? Analizamos la crisis nuclear entre Rusia y EE. UU. y el riesgo de una nueva carrera armamentista global. |
En el frío amanecer de la seguridad internacional contemporánea, un acrónimo ha sostenido, casi en solitario, el peso de la paz global durante más de una década: New START. Sin embargo, lo que nació en 2010 como una promesa de "reinicio" en las relaciones entre las dos superpotencias atómicas, se encuentra hoy en una unidad de cuidados intensivos diplomática. El Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, conocido formalmente como New START, no es solo un papel firmado en Praga; es el último hilo que impide una carrera armamentista sin precedentes en el siglo XXI. Al encontrarnos en el umbral crítico de 2026, la vigencia de este acuerdo no es solo una cuestión de política exterior, sino un factor determinante para la supervivencia colectiva en un tablero geopolítico que parece haber olvidado las lecciones de la Guerra Fría.
El origen de una arquitectura de seguridad compartida
Para comprender la magnitud del Tratado New START, es imperativo retroceder al 8 de abril de 2010. En aquel momento, los presidentes Barack Obama y Dmitri Medvédev sellaron un compromiso que buscaba reducir los arsenales nucleares desplegados a niveles no vistos desde los años 50. Este pacto fue la evolución lógica de un proceso iniciado en los años 90 con el START I, diseñado para desmantelar la capacidad de destrucción mutua asegurada que caracterizó el siglo pasado. El acuerdo de 2010 estableció límites claros: un máximo de 1,550 ojivas nucleares estratégicas y 700 sistemas de lanzamiento desplegados, incluyendo misiles balísticos intercontinentales (ICBM), misiles balísticos lanzados desde submarinos (SLBM) y bombarderos pesados con capacidad nuclear.
Como señaló un informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) en años recientes, la importancia del New START no residía únicamente en los números, sino en la transparencia. El tratado permitía hasta 18 inspecciones "in situ" al año, permitiendo que expertos estadounidenses verificaran los silos rusos y viceversa. Esta confianza técnica era el antídoto contra la paranoia militar. En un mundo donde un error de cálculo puede desencadenar un apocalipsis en 30 minutos, saber con precisión qué tiene el adversario es la herramienta más poderosa de paz que existe. El tratado fue diseñado no solo para desarmar, sino para predecir.
La ruptura del diálogo y la suspensión de 2023
La estabilidad que brindaba este marco legal comenzó a resquebrajarse con el aumento de las tensiones en Europa del Este. El punto de inflexión definitivo ocurrió el 21 de febrero de 2023, cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, anunció ante la Asamblea Federal la "suspensión" unilateral de la participación de Rusia en el tratado. Es fundamental notar que el Kremlin no se retiró formalmente, una distinción legal que buscaba mantener una palanca de negociación, pero el impacto práctico fue devastador. Se detuvieron las inspecciones y, lo que es más grave, cesó el intercambio automático de datos sobre movimientos y pruebas de misiles.
Según declaraciones oficiales del Departamento de Estado de los Estados Unidos emitidas en respuesta a esta medida, la suspensión rusa fue calificada como "legalmente inválida" y "profundamente irresponsable". La narrativa periodística internacional ha documentado cómo, a partir de ese momento, la visibilidad sobre el arsenal ruso se volvió opaca, obligando a las agencias de inteligencia a depender exclusivamente de medios técnicos nacionales, como satélites de vigilancia, que si bien son avanzados, no sustituyen la verificación física que el tratado garantizaba. Este vacío de información genera lo que los analistas militares llaman "dilema de seguridad": ante la duda de lo que el otro bando está construyendo, la respuesta instintiva es aumentar la propia capacidad ofensiva.
El desafío de la multipolaridad y el ascenso de China
Uno de los argumentos más complejos que ha rodeado la agonía del Tratado New START es su naturaleza bilateral. Mientras Washington y Moscú se limitaban mutuamente, Pekín observaba desde la barrera sin ninguna restricción legal. Casos documentados por imágenes satelitales en 2021 y 2022 revelaron la construcción de cientos de nuevos silos de misiles en los desiertos del oeste de China, lo que sugiere una expansión masiva de su capacidad nuclear. Un estudio de la Universidad de Harvard sobre seguridad internacional destacó que para finales de la década, China podría triplicar su número de ojivas, alcanzando potencialmente las 1,500.
Esta realidad ha llevado a sectores del gobierno estadounidense a cuestionar la utilidad de un tratado que solo limita a dos de las tres grandes potencias actuales. El argumento de "trilateralizar" el control de armas ha sido una constante en la retórica de Washington, pero Pekín se ha negado sistemáticamente, argumentando que sus niveles de armamento siguen siendo una fracción de los que poseen Rusia y EE. UU. Esta asimetría convierte al Tratado New START en una reliquia de un mundo bipolar que ya no existe, planteando la necesidad urgente de un nuevo paradigma que incluya a todos los actores relevantes sin incentivar una carrera por la paridad.
Impacto de la tecnología hipersónica y la inteligencia artificial
El Tratado New START fue redactado en una era donde la tecnología de misiles era relativamente predecible. Hoy, nos enfrentamos a lo que algunos expertos denominan la "segunda era nuclear", caracterizada por el desarrollo de vehículos de planeo hipersónico y misiles de crucero de propulsión nuclear. Estas armas, como el sistema Avangard de Rusia o los proyectos hipersónicos de Estados Unidos, presentan un desafío directo a los sistemas de defensa antimisiles existentes y a las definiciones técnicas del tratado original.
La integración de la Inteligencia Artificial (IA) en los sistemas de comando y control añade una capa adicional de riesgo. Como señaló un análisis del Boletín de los Científicos Atómicos, la reducción del tiempo de decisión humana ante una alerta de ataque aumenta las probabilidades de una escalada accidental. El New START no contempla estas nuevas tecnologías, lo que significa que incluso si se mantuviera vigente, estaría regulando las "armas del pasado" mientras las "armas del futuro" se desarrollan en un vacío legal absoluto. La obsolescencia técnica es, quizás, un enemigo tan grande para el tratado como la voluntad política.
Consecuencias de un mundo sin el Tratado New START
¿Qué sucede si el 5 de febrero de 2026 el reloj llega a cero sin una prórroga o un sustituto? La respuesta es sombría. Por primera vez desde 1972, no habría límites legales y verificables en los arsenales nucleares estratégicos de las dos naciones que poseen el 90% de las armas atómicas del planeta. Esto no solo significa que podrían fabricar más bombas, sino que podrían "cargar" sus misiles existentes con el máximo número de ojivas permitidas por su diseño. Un misil que hoy lleva tres ojivas para cumplir con el tratado, podría ser configurado para llevar diez en cuestión de meses.
Hechos destacados por la Federación de Científicos Estadounidenses sugieren que el costo económico de una nueva carrera armamentista sería astronómico, desviando recursos críticos de áreas como la salud pública o la mitigación del cambio climático. Pero el costo más alto es el psicológico y estratégico: la pérdida de la "estabilidad estratégica". Sin el tratado, la doctrina de "lanzamiento bajo advertencia" se vuelve más agresiva, y la diplomacia pierde su herramienta de verificación más exitosa. Estamos ante la posibilidad de regresar a un estado de tensión permanente donde la seguridad se mide únicamente por el volumen de la destrucción garantizada.
La perspectiva de las potencias menores y la no proliferación
El Tratado New START no es solo una cuestión entre dos países; es la piedra angular del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Según los términos del TNP, las potencias nucleares reconocidas tienen la obligación legal de avanzar hacia el desarme. Si Estados Unidos y Rusia abandonan el New START, el mensaje para países como Irán, Corea del Norte o incluso potencias regionales como Arabia Saudita y Turquía es claro: el control de armas ha muerto. Esto podría desencadenar un efecto dominó de proliferación vertical y horizontal que haría que el mundo fuera exponencialmente más peligroso.
Referencias concretas en foros de la ONU muestran la creciente frustración del "Sur Global" ante el incumplimiento de las promesas de desarme. La desaparición del último tratado bilateral enviaría una señal de que el poder nuclear es la única moneda de cambio válida en la geopolítica moderna. La erosión del New START es, en esencia, la erosión de la norma internacional contra el uso y la posesión de armas de destrucción masiva.
¿Es posible una salvación de último minuto en 2026?
A pesar del clima gélido en las relaciones diplomáticas, la historia nos enseña que el control de armas a menudo florece en los momentos de mayor peligro. En 1987, en plena tensión, Reagan y Gorbachov lograron el Tratado INF. Hoy, la posibilidad de un "acuerdo puente" que mantenga los límites numéricos del New START sin las inspecciones intrusivas es una de las opciones que se barajan en los pasillos de Ginebra. Sin embargo, esto requeriría una voluntad política que actualmente parece secuestrada por el conflicto en Ucrania y la rivalidad sistémica con China.
Como señaló un informe del Consejo de Relaciones Exteriores en 2024, la seguridad nacional de ambos países se ve fortalecida por el tratado, independientemente de sus diferencias en otros frentes. El desafío para los negociadores en 2026 es separar la estabilidad nuclear de la política exterior general, una tarea que parece hercúlea en la era de la polarización extrema. El New START no es un favor que una potencia le hace a la otra; es un mecanismo de gestión de riesgos para evitar el suicidio colectivo.
El veredicto histórico sobre una era que se desvanece
El Tratado New START representa el pináculo de una forma de entender la seguridad basada en la razón, la transparencia y el límite. Su posible desaparición marca el fin de la "larga paz" nuclear y el inicio de una era de incertidumbre estratégica. Los datos son claros, las fechas son inminentes y las consecuencias son globales. La historia juzgará a los líderes de esta década no por sus victorias en el campo de batalla convencional, sino por su capacidad para evitar que el fuego atómico vuelva a ser una opción sobre la mesa de guerra.
En última instancia, el futuro del New START es el espejo de nuestra capacidad como especie para controlar nuestras creaciones más destructivas. Mientras el reloj sigue avanzando hacia febrero de 2026, la pregunta no es si podemos permitirnos mantener el tratado, sino si podemos permitirnos vivir en un mundo donde tales límites ya no existan. La diplomacia del desarme no es una debilidad, es la forma más elevada de realismo político en la era nuclear.
La vigencia de estos principios científicos y políticos determinará si las próximas generaciones recordarán el Tratado New START como el último baluarte de la cordura o como el prólogo de una tragedia evitable. La responsabilidad recae en una arquitectura de diálogo que, aunque dañada, sigue siendo la única vía para garantizar que el sol siga saliendo sobre un mundo libre del temor a la aniquilación instantánea. El tiempo se agota, pero la oportunidad de preservar este legado de seguridad compartida permanece abierta, al menos por ahora.
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