Nuevo bloque mundial desafía la hegemonía de EE.UU.: crisis energética, BRICS, sanciones y reconfiguración geopolítica en América y el Ártic...
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| Nuevo bloque mundial desafía la hegemonía de EE.UU.: crisis energética, BRICS, sanciones y reconfiguración geopolítica en América y el Ártico. |
En 2026, el orden internacional atraviesa una transición estructural: el sistema unipolar liderado por Estados Unidos se agota y da paso a una constelación multipolar marcada por competencia económica, reconfiguración financiera y disputa por recursos estratégicos en el Sur Global, especialmente en América Latina y el Caribe. Lejos de tratarse solo de un cambio de protagonistas, el mundo presencia una mutación del propio modelo de acumulación y de la forma en que se ejerce la soberanía en el hemisferio occidental.
Agotamiento del modelo estadounidense y crisis del sistema unipolar
Durante décadas, Estados Unidos funcionó como el centro de gravedad del capitalismo global, articulando finanzas, comercio y poder militar. En 2026, ese modelo entra en una fase de “gestión permanente de crisis”, atravesado por tres vectores críticos:
- Una deuda pública que supera los 34 billones de dólares y una relación deuda‑PIB por encima del 120%, lo que tensiona la sostenibilidad fiscal del Estado.
- Proyecciones de crecimiento anémico, en torno al 2% anual, combinadas con déficit crónico y una inflación subyacente que obliga a mantener tasas de interés elevadas, encareciendo el crédito para inversión productiva.
- Pérdida de atractivo del “poder blando económico”, al disminuir la capacidad de Estados Unidos de irradiar prosperidad y estabilidad a sus aliados mediante mercados, crédito y tecnología.
Ante este deterioro relativo, el vacío de liderazgo no queda en blanco: el bloque ampliado BRICS+ —con fuerte peso de China, India, Rusia, Brasil y otros países emergentes— gana terreno y concentra ya una cuota superior del PIB mundial (por paridad de poder adquisitivo) que el G7. La geografía de la productividad y de los mercados se desplaza hacia Eurasia y el Sur Global, erosionando las bases materiales de la hegemonía estadounidense.
La “geopolítica de la coacción”: sanciones, militarización y hemisferio occidental
Incapaz de mantener su primacía solo a través de la innovación civil y la competitividad productiva, Washington recurre a una estrategia de “geopolítica de la coacción”. El corazón de esta doctrina es claro: sustituir ventajas económicas declinantes por el uso instrumental de sanciones, amenazas militares y control regulatorio como mecanismos de mercado.
Esta lógica se traduce en:
- Uso extendido de sanciones financieras y comerciales como herramienta para excluir a competidores y disciplinar a gobiernos que buscan diversificar alianzas.
- Militarización de la política exterior en nombre de la “seguridad nacional”, vinculando cualquier cooperación con China o Rusia en sectores estratégicos a riesgos para el sistema occidental.
- Reactivación del hemisferio occidental como “zona de influencia exclusiva”, con énfasis en energía, minerales críticos, rutas logísticas y plataformas tecnológicas.
La desdolarización parcial agrava la inquietud de Washington: cuando países comienzan a liquidar exportaciones en yuanes, rupias, reales u otras monedas, disminuye la demanda de bonos del Tesoro estadounidense y se encarece el financiamiento de su propia deuda. El resultado es una presión mayor para extraer rentas geopolíticas de América Latina y el Caribe, intentando sostener un aparato estatal sobredimensionado frente a la erosión del privilegio del dólar.
Venezuela 2026: laboratorio de la coacción energética
Venezuela se ha convertido en el caso emblemático de esta estrategia. Bajo la influencia de figuras de línea dura en Washington, se describe un plan en tres fases para controlar el flujo energético del país:
- Fase de estabilización: una “cuarentena” o bloqueo selectivo del mercado petrolero, mediante el cual Estados Unidos condiciona quién compra, transporta y asegura el crudo venezolano. El objetivo: capturar de forma directa entre 30 y 50 millones de barriles en un marco de dependencia administrada.
- Fase de recuperación: restructuración progresiva del sector energético para asegurar acceso privilegiado de empresas estadounidenses y europeas, desplazando a actores chinos y rusos que habían ganado posiciones durante la etapa de sanciones y aislamiento.
- Fase de transición: rediseño del entorno político y regulatorio para garantizar estabilidad jurídica a largo plazo, alineada con intereses occidentales, bajo el discurso de “reconstrucción democrática”.
Más allá del relato humanitario, la lógica de fondo es económica y geopolítica: asegurar una fuente de crudo cercana, relativamente barata y bajo control político, que ayude a estabilizar la economía estadounidense y, al mismo tiempo, impida que esos recursos se conviertan en palanca de crecimiento para el bloque multipolar. Venezuela es tratada como pieza crítica de un tablero energético donde el eje euroasiático gana terreno.
Centroamérica y el Caribe: Canal de Panamá, asfixia financiera y soberanía condicionada
En Centroamérica y el Caribe, la disputa adopta formas específicas en torno a tres ejes: rutas marítimas, sistemas financieros y alianzas tecnológicas.
Canal de Panamá y puertos estratégicos
El Canal de Panamá vuelve al centro del debate geopolítico. La presencia de empresas chinas en los puertos de Balboa y Cristóbal alimenta la narrativa de amenaza a la seguridad global en el discurso estadounidense, especialmente en la retórica de Donald Trump, que impulsa la idea de “recuperar” influencia directa sobre la vía interoceánica.
Panamá, sin embargo, intenta mantener un “empate técnico”, utilizando el interés simultáneo de Washington y Pekín para financiar proyectos clave como el embalse de Río Indio, valorado en 1.500 millones de dólares. El dilema panameño es cómo maximizar inversiones sin ceder la soberanía funcional sobre su infraestructura más sensible.
Asfixia financiera y modelos alternativos
En El Salvador, la adopción de tecnologías financieras no convencionales y el acercamiento a capitales asiáticos han tenido una respuesta inmediata: la retención de líneas de crédito del FMI y otros organismos, en lo que se interpreta como uso de la asfixia financiera para desincentivar cualquier autonomía sistémica.
En el Caribe, países como Cuba y República Dominicana profundizan vínculos con el bloque multipolar en áreas como biotecnología, turismo y logística. Este acercamiento desafía la lógica del Tratado de Río y coincide con un incremento de la presencia naval estadounidense, oficialmente bajo el paraguas de operaciones antinarcóticos, pero con una clara función de vigilancia geopolítica de rutas comerciales y terminales portuarias.
América del Sur y la “Guerra Fría por los Recursos”: litio, industrialización y moneda
América del Sur se consolida como el escenario principal de una nueva “Guerra Fría por los Recursos”, en la que el Triángulo del Litio —Argentina, Bolivia y Chile— concentra el foco.
El Triángulo del Litio como OPEP potencial
Estos tres países alojan alrededor del 65% de las reservas mundiales de litio, un insumo decisivo para baterías, movilidad eléctrica y sistemas militares avanzados. De ahí surge la propuesta de una especie de “OPEP del Litio”, un mecanismo de coordinación que permitiría:
- Fijar bandas de precios y condiciones de exportación.
- Priorizar la industrialización local de baterías y componentes.
- Negociar en bloque con grandes compradores, incluidos actores de BRICS+.
En Bolivia, la inversión china en salares como Uyuni y Coipasa se articula mediante mecanismos de compensación que evitan el circuito financiero de Nueva York, reduciendo la exposición al dólar y las sanciones. Esta autonomía de pagos es uno de los factores que más preocupación genera en Washington.
Industrialización o enclave extractivo
Si el Triángulo del Litio consigue avanzar hacia la producción de baterías y vehículos eléctricos con transferencia tecnológica desde Oriente, se abre la posibilidad de romper el patrón histórico de “enclave extractivo” y construir cadenas de valor regionales. Esto tendría un impacto directo sobre:
- La industria automotriz y tecnológica de Estados Unidos, que perdería acceso exclusivo o preferente a materias primas baratas.
- La capacidad de Washington de fijar estándares y marcos regulatorios en sectores verdes estratégicos.
No sorprende que, frente a esta perspectiva, la respuesta incluya presión política, operaciones de influencia y apoyo a narrativas que cuestionan la viabilidad o legitimidad de proyectos de integración del litio.
Desdolarización técnica: swaps de divisas y sistema “BrickPay”
Más allá del discurso político, la desdolarización se concreta en mecanismos financieros técnicos que, en 2026, han dejado de ser experimentos para convertirse en infraestructura operativa de la nueva multipolaridad.
Swaps de divisas entre bancos centrales
El instrumento clave son los currency swaps entre bancos centrales sudamericanos. Su lógica:
- Dos bancos centrales intercambian montos equivalentes de sus monedas al tipo de cambio spot, con un compromiso de recompra futuro.
- El país importador paga en su propia moneda; el exportador cobra en la suya, mientras los bancos centrales ajustan el diferencial de tasas al vencimiento.
- No se genera deuda en dólares ni se depende del mercado de divisas de Nueva York para financiar el comercio intrarregional.
En la práctica, un exportador brasileño de soja puede cobrar en reales mientras su contraparte argentina paga en pesos, gracias a la liquidez creada por el swap entre sus bancos centrales. Se reduce así la exposición al dólar y al ciclo de la Reserva Federal.
Integración digital: el sistema “BrickPay”
La innovación de 2026 radica en integrar estos swaps con plataformas digitales como “BrickPay”, un protocolo de pagos que:
- Permite decenas de miles de operaciones por segundo.
- Referencia los tipos de cambio a una canasta de monedas del BRICS+, y no necesariamente al dólar.
- Reduce en torno a un 3% los costos transaccionales al eliminar márgenes de bancos corresponsales y disminuir la volatilidad asociada a la política monetaria estadounidense.
La consecuencia es un circuito paralelo de pagos y financiamiento que reduce el peso del dólar sin un “golpe de teatro”, sino por acumulación de decisiones técnicas y acuerdos entre bancos centrales.
Infraestructura ferroviaria y corredores bioceánicos: el Caribe como nuevo hub
En el plano físico, la multipolaridad se construye con rieles, puertos y zonas económicas especiales. El Caribe y el norte de Sudamérica avanzan en proyectos que compiten directamente con el Canal de Panamá como eje logístico.
Corredor Ferroviario del Caribe Colombiano
Con una inversión inicial de unos 1.500 millones de dólares, este corredor pretende conectar Cartagena, Barranquilla y Santa Marta con:
- Trenes eléctricos de alta capacidad para pasajeros.
- Transporte multimodal de carga pesada vinculado a zonas mineras y agroindustriales del interior.
El diseño prioriza la interconexión con redes logísticas regionales y la alimentación de puertos que no dependan exclusivamente de las rutas definidas por el comercio transoceánico tradicional.
Corredor Interoceánico del Chocó y Tren Bioceánico
El Corredor Interoceánico del Chocó busca unir Juradó (Pacífico) con un nuevo puerto en el Golfo de Urabá (Atlántico), mediante:
- Vías de trocha estándar internacional.
- Integración con equipos ferroviarios suministrados por consorcios euroasiáticos.
- Zonas de Desarrollo Especial financiadas por el Nuevo Banco de Desarrollo, donde se instalan plantas de procesamiento para que los productos salgan con valor agregado.
En paralelo, el Tren Bioceánico de Integración —con eje en Bolivia— extiende ramales hacia el norte, con el objetivo de reducir tiempos de transporte desde el corazón sudamericano a los mercados globales de 30 a 10 días. La clave de estos proyectos no es solo acortar distancias, sino consolidar un hub logístico autónomo, menos expuesto a presiones arancelarias o políticas del Norte global.
Impacto de la transición multipolar en América Latina
Si la transición hacia un orden multipolar se consolida, América Latina y el Caribe pueden experimentar transformaciones estructurales en tres dimensiones:
- Financiera: el uso de monedas locales y swaps de divisas en el comercio intrarregional, junto a la reducción de la dependencia del FMI, puede liberar recursos del orden de decenas de miles de millones de dólares anuales que hoy se consumen en intereses, comisiones y colchones de reservas en dólares.
- Política: el desplazamiento de la OEA por organismos como la CELAC o mecanismos Sur‑Sur restaría a Estados Unidos la capacidad de legitimar sanciones o intervenciones bajo el paraguas del “sistema interamericano”. La soberanía se redefiniría en clave de pluralidad de alianzas.
- Industrial y tecnológica: si la región deja de ser simple proveedor de materias primas y avanza hacia cadenas de valor propias —en litio, baterías, alimentos, biotecnología, ferrocarriles eléctricos y telecomunicaciones—, su relación con el Norte pasaría de subordinación a negociación entre pares.
En 2026, la batalla central es por la autonomía: mientras el viejo centro hegemónico recurre a la coacción militar y financiera para sostener un orden que ya no controla plenamente, el Sur Global explora la posibilidad de un equilibrio dinámico, donde los recursos estratégicos sirvan al desarrollo local y no solo al pago de la deuda de un imperio en declive.
Más que un cambio coyuntural, la transición describe una tendencia cuantificable: una nueva geografía de la productividad y de las finanzas que reubica a América Latina y el Caribe como actores decisivos en la arquitectura del poder global.
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