Baile de las Turas en Lara y Falcón

  ¿Conocías el ritual indígena más antiguo de Venezuela? Descubre el secreto milenario detrás del Baile de las Turas en Lara y Falcón. Una...

 

Un grupo de músicos indígenas venezolanos, vestidos de paisano, tocan instrumentos autóctonos durante el ritual del Baile de las Turas. El hombre principal, en el centro, sopla un gran cacho de venado. A su derecha, una mujer toca una flauta de caña brava (tura). Al fondo, a la izquierda, hay un 'Palacio' u ofrenda ceremonial adornada con matas y mazorcas de maíz frescas, junto con frutas y ollas de barro sobre la tierra, bajo un árbol copey. Detrás de los músicos, la comunidad observa y una fila de participantes se forma para danzar. El paisaje de fondo muestra las colinas verdes de la serranía de Falcón-Lara bajo una luz natural suave, capturado con una profundidad de campo baja que resalta a los sujetos.
¿Conocías el ritual indígena más antiguo de Venezuela? Descubre el secreto milenario detrás del Baile de las Turas en Lara y Falcón. Una danza de agradecimiento a la tierra que sobrevive al tiempo.

El Baile de las Turas es un rito agrícola ancestral originario de las poblaciones indígenas ayamán y jirajara en los estados Lara y Falcón, Venezuela. Esta manifestación cultural se mantiene activa en municipios como Urdaneta y Silva, con un enfoque central en el agradecimiento por las cosechas de maíz y la preservación de los ciclos biológicos locales. La tradición integra un sistema de jerarquías tradicionales, instrumentación autóctona de viento y patrones de movimiento geométricos ejecutados en espacios sagrados denominados palacios.

Registros etnohistóricos e investigaciones antropológicas documentan que esta práctica ha sobrevivido durante más de tres siglos a través de la transmisión oral y la gestión comunitaria. La estructura del rito responde a dos momentos del calendario agrícola: las Turas Pequeñas, celebradas en mayo para solicitar el inicio de las lluvias, y las Turas Grandes, ejecutadas en septiembre para recolectar el maíz maduro. El evento constituye un caso de estudio relevante sobre la persistencia de los rituales prehispánicos en el contexto socioeconómico rural venezolano.


Orígenes étnicos y distribución geográfica en Lara y Falcón


Las raíces del Baile de las Turas se ubican en la región serrana que delimita el norte del estado Lara y el sur del estado Falcón. Históricamente, las etnias jirajara y ayamán habitaban estos territorios semiáridos y montañosos, desarrollando técnicas agrícolas adaptadas a las cuencas de los ríos Tocuyo y Hueque. Tras el proceso de colonización, las comunidades locales preservaron los fundamentos de la ceremonia ritual mediante la adaptación sincretista, manteniendo la esencia de la cosmogonía indígena enfocada en el respeto a los recursos naturales.

Geográficamente, el centro ceremonial principal de mayor antigüedad registrada se encuentra en la parroquia Mapararí, perteneciente al municipio Federación del estado Falcón. De igual manera, en el estado Lara, la práctica registra una presencia continua en localidades del municipio Urdaneta, como San Pedro, Moroturo y Siquisique. La delimitación territorial de la festividad abarca una franja continua de más de 120 kilómetros a través de la Cordillera de la Costa y el Sistema Coriano, donde las familias locales transmiten las funciones organizativas mediante linajes hereditarios.

Estudios de campo realizados por instituciones gubernamentales y académicas identifican que la permanencia espacial de este rito se debe al aislamiento relativo de estas zonas rurales. Esta condición geográfica permitió la conservación de dialectos ancestrales en los cantos ceremoniales hasta mediados del siglo XX, así como la preservación intacta del diseño de los instrumentos musicales utilizados en la ceremonia.


Calendario agrícola y el ciclo de las Turas Pequeñas y Grandes


La realización de la festividad está estrictamente subordinada a la fenología del cultivo de Zea mays o maíz. El calendario festivo se divide en dos fases operativas. La primera fase corresponde a las Turas Pequeñas o de la Cruz, cuya fecha de ejecución se sitúa entre el 3 y el 5 de mayo. Este hito coincide con el comienzo de la estación lluviosa en la zona intertropical, por lo que las oraciones y danzas se orientan a solicitar a las fuerzas de la naturaleza precipitaciones suficientes para la germinación de las semillas.

La segunda fase comprende las Turas Grandes o de la Cosecha, las cuales se celebran entre el 23 y el 25 de septiembre. Durante este período se realiza la recolección de los primeros elotes o mazorcas maduras. La duración de las Turas Grandes suele extenderse hasta por 54 horas continuas de actividad ceremonial, donde la comunidad rinde tributo por la producción obtenida y realiza la reserva de semillas para la siembra del año posterior.

El rigor cronológico de estas fechas refleja un conocimiento meteorológico y botánico acumulado. Los agricultores evalúan la posición de las constelaciones y las fases lunares para fijar el día exacto del inicio del baile, asegurando que la recolección del maíz no interfiera con los procesos de secado natural del grano en el campo.


Jerarquía ceremonial y funciones de los roles comunitarios


La organización interna del Baile de las Turas se rige por un sistema jerárquico estricto donde cada integrante cumple un rol específico durante la preparación y ejecución del rito. La máxima autoridad de la festividad es el Capataz, figura masculina encargada de la logística, la preservación del orden, la custodia de los instrumentos sagrados y la demarcación del espacio físico donde se desarrolla la danza. El Capataz utiliza un látigo de cuero denominado mandador como símbolo de disciplina y guía espacial.

En paralelo, la estructura contempla la figura de la Reina, rol asumido por una mujer de la comunidad que custodia el Palacio, lugar donde se depositan las ofrendas. La Reina es responsable de preparar la chicha de maíz fermentada, bebida ceremonial consumida por los participantes durante las jornadas de baile. Junto a ella, el Mayordomo auxilia en la distribución de los alimentos y el resguardo de los bienes comunales aportados por cada una de las familias organizadoras.

El cuerpo de músicos e instrumentistas, conocidos como tureros, ocupa un peldaño especializado dentro de la jerarquía. Su aprendizaje inicia a temprana edad mediante la observación directa. Los conocimientos para la fabricación de los instrumentos y la ejecución de los tonos musicales no se documentan en partituras, sino que se transmiten exclusivamente por memoria auditiva de generación en generación.


Organografía autóctona e instrumentación del ritual


La música del Baile de las Turas se distingue de otras manifestaciones folclóricas venezolanas por la ausencia total de instrumentos de cuerda o percusión de origen europeo o africano. La instrumentación es puramente aerófona e idiófona, construida con materiales orgánicos recolectados en el ecosistema local. El conjunto instrumental se compone de flautas de caña, cachos de venado y maracas de taparo.

Las flautas, denominadas turas, se fabrican con tallos de caña brava o bambú. Se dividen funcionalmente en Tura Macho y Tura Hembra. La Tura Macho posee mayor longitud y emite tonos graves que establecen la base armónica del ritual, contando con dos orificios de digitación. La Tura Hembra es de menor tamaño, posee cuatro orificios y ejecuta melodías agudas y continuas que guían las variaciones de los pasos de los danzantes.


Instrumentos de viento y acompañamiento rítmico


Los cachos de venado son instrumentos elaborados a partir de cráneos y cornamentas de venado matacán (Mazama americana) sellados con cera de abejas en el orificio posterior. El ejecutante sopla por la cavidad occipital para emitir un sonido grave y penetrante que simula el bramido de los animales silvestres. Este instrumento se toca en pares y cumple la función de convocar a los espíritus protectores de la cacería y la montaña.

El ritmo se complementa con las maracas ceremoniales, fabricadas con el fruto seco del árbol de taparo (Crescentia cujete) y rellenadas con semillas de capacho. Estas son manipuladas exclusivamente por los líderes del baile para marcar los cambios de compás y señalar el inicio o cierre de las secuencias coreográficas.


Estructura del espacio sagrado y secuencia coreográfica


El escenario donde se ejecuta el ritual se denomina Palacio, un recinto al aire libre delimitado alrededor de un árbol considerado sagrado, generalmente un árbol de copey, guamacho o matapalo. En la base del árbol se construye un altar o basurero ritual con cañas de maíz, mazorcas, frutas, herramientas agrícolas y recipientes con chicha. Este espacio es neutralizado y purificado por el Capataz mediante sahumerios de resina de anime antes de comenzar las danzas.

La danza se ejecuta formando una cadena humana donde los participantes se entrelazan por los hombros o la cintura. La alineación intercalada de hombres y mujeres simula el entretejido de las hojas de maíz en el sembradío. El grupo avanza en espiral o en semicírculos concéntricos alrededor del Palacio, realizando un movimiento pendular de nueve pasos hacia adelante y nueve pasos hacia atrás.

La inclinación del torso hacia el suelo durante el paso retroceso simboliza la reverencia a la Madre Tierra o Pacha Mama, mientras que la elevación de las miradas al frente representa la petición de lluvia a los cielos. La danza se prolonga sin interrupción durante horas, alternando relevos entre los miembros de la comunidad para mantener la cadena humana en constante movimiento.


Impacto sociocultural y medidas de salvaguardia patrimonial


El Baile de las Turas representa un mecanismo de cohesión social para las comunidades rurales del centro-occidente venezolano. Más allá de su valor religioso y simbólico, la festividad funciona como una asamblea comunitaria informal donde los agricultores intercambian semillas, evalúan el estado de los suelos y acuerdan jornadas de trabajo colectivo conocidas como cayapas para la siembra y cosecha de los terrenos familiares.

En el año 2009, la manifestación fue declarada Bien de Interés Cultural de la Nación por el Instituto del Patrimonio Cultural de Venezuela. Esta categoría exige al Estado y a las autoridades locales de Lara y Falcón la implementación de planes de protección destinados a garantizar el suministro de insumos para la elaboración de la chicha, la preservación de los hábitats donde se obtienen las materias primas para las flautas y la inclusión de contenidos formativos sobre el rito en las escuelas rurales de los municipios involucrados.

Pese a las presiones de la modernización y la migración juvenil hacia centros urbanos, la tradición mantiene una tasa de transmisión intergeneracional sostenida. La participación activa de niños y jóvenes en los roles secundarios asegura la continuidad de este patrimonio inmaterial, consolidándolo como uno de los testimonios etnográficos autóctonos más sólidos dentro del panorama cultural de la República Bolivariana de Venezuela.