¿Por qué subir el sueldo no siempre funciona? Analizamos la inflación en Venezuela, el salario real y las causas económicas que devoran t...
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| ¿Por qué subir el sueldo no siempre funciona? Analizamos la inflación en Venezuela, el salario real y las causas económicas que devoran tu ingreso. |
Inflación y salario real: por qué subir sueldos no siempre mejora la vida
Antes de discutir cómo aumentar el salario en Venezuela sin provocar una nueva crisis, es imprescindible comprender un fenómeno que atraviesa toda la economía nacional: la inflación. Sin entender qué es, cómo se origina y cómo afecta al salario real, cualquier debate sobre sueldos corre el riesgo de quedarse en consignas sin base económica.
Este especial investigativo sobre salarios, inflación y deuda tiene un objetivo claro: explicar de forma accesible, rigurosa y documentada por qué en una economía inflacionaria como la venezolana, aumentar salarios no siempre significa mejorar las condiciones de vida.
Qué es la inflación y por qué no es solo “subida de precios”
En términos técnicos, la inflación es el aumento generalizado y sostenido de los precios de bienes y servicios en una economía durante un periodo prolongado. No se trata de que suba un producto aislado, sino de que todo el sistema de precios pierde estabilidad.
Cuando existe inflación, la moneda pierde poder adquisitivo: cada unidad de dinero compra menos que antes. Este fenómeno es especialmente grave cuando se vuelve crónico, como ocurrió en Venezuela entre 2016 y 2021, cuando el país atravesó un ciclo hiperinflacionario reconocido por organismos multilaterales y centros académicos regionales.
Durante ese periodo, el dinero dejó de cumplir adecuadamente sus funciones básicas: medio de intercambio, unidad de cuenta y reserva de valor. Esto explica por qué incluso aumentos salariales aparentemente grandes no lograban mejorar la vida cotidiana de los trabajadores.
Salario nominal y salario real: la diferencia que lo explica todo
Uno de los mayores errores del debate público es confundir salario nominal con salario real.
El salario nominal es la cifra monetaria que aparece en el recibo de pago: bolívares, dólares u otra moneda. El salario real, en cambio, representa lo que ese dinero puede comprar efectivamente: alimentos, transporte, vivienda, servicios, salud.
Cuando la inflación es alta, el salario real puede caer incluso si el salario nominal sube. Esto ocurrió repetidamente en Venezuela: se decretaban aumentos, pero los precios subían aún más rápido, anulando cualquier mejora tangible.
Desde la perspectiva económica, no importa cuánto dinero se gane si ese dinero pierde valor más rápido de lo que se recibe.
Por qué la inflación golpea primero al trabajador
La inflación no afecta a todos por igual. Los trabajadores asalariados suelen ser los más perjudicados por varias razones estructurales:
1. Los salarios se ajustan con retraso: mientras los precios pueden subir diariamente, los salarios suelen ajustarse cada meses o años.
2. El ingreso es rígido: el trabajador no puede aumentar su salario de forma espontánea, como sí pueden hacerlo algunos sectores comerciales al modificar precios.
3. El ahorro se diluye: cualquier ahorro en moneda local pierde valor rápidamente, reduciendo la capacidad de protección frente a emergencias.
Por ello, la inflación funciona como un impuesto oculto que castiga especialmente al asalariado y al pensionado.
Inflación estructural y monetaria: dos causas que se combinan
Existen dos grandes enfoques para explicar la inflación: el monetario y el estructural. En economías como la venezolana, ambos operan simultáneamente.
Inflación monetaria: cuando hay más dinero que bienes
Ocurre cuando se emite más dinero del que la economía puede absorber productivamente. Si se crean bolívares sin respaldo productivo, ese exceso termina presionando los precios al alza.
En Venezuela, durante años, el financiamiento del gasto público mediante emisión monetaria fue un factor clave en la aceleración inflacionaria, especialmente en periodos donde la producción nacional caía de forma abrupta.
Inflación estructural: cuando la economía no puede producir lo suficiente
Se presenta cuando existen cuellos de botella productivos: falta de electricidad, escasez de insumos, baja inversión, caída industrial, dependencia de importaciones.
Incluso sin emisión monetaria, una economía con baja capacidad productiva puede experimentar inflación si no logra responder a la demanda interna.
En Venezuela, la combinación de emisión monetaria y colapso productivo creó una tormenta perfecta para la destrucción del salario real.
Por qué aumentar salarios en un entorno inflacionario puede empeorar la inflación
A primera vista, parecería lógico que aumentar salarios ayude a combatir la pobreza. Sin embargo, en una economía inflacionaria, esto puede producir el efecto contrario.
Si los salarios suben sin que aumente la producción de bienes y servicios, el resultado es más dinero persiguiendo la misma cantidad de productos, lo que impulsa los precios al alza.
Esto no significa que los trabajadores no merezcan mejores ingresos, sino que el aumento salarial aislado, sin cambios estructurales, puede terminar acelerando la pérdida de poder adquisitivo que se pretende corregir.
El círculo vicioso entre inflación y salarios
Cuando los salarios suben por decreto en un entorno inflacionario, las empresas trasladan ese aumento a los precios para cubrir costos. A su vez, los trabajadores exigen nuevos aumentos porque los precios subieron. Así se genera una espiral salario-precio difícil de detener.
Este fenómeno ha sido ampliamente documentado en economías que enfrentaron procesos inflacionarios prolongados y es una de las razones por las que los aumentos salariales aislados rara vez resuelven crisis de ingresos.
Comprender antes de proponer: la base de una política salarial responsable
Antes de exigir o decretar aumentos salariales, una sociedad necesita comprender el entorno económico en el que esos aumentos ocurren. Sin estabilidad monetaria, sin producción suficiente y sin finanzas públicas ordenadas, cualquier mejora salarial será frágil y temporal.
Por eso, entender la inflación no es un ejercicio académico: es una condición necesaria para construir propuestas realistas que permitan, en el futuro, recuperar salarios de forma sostenida y no ilusoria.
Preparando el terreno para el debate real
Esta primera parte del especial establece una verdad incómoda pero necesaria: mientras la inflación siga siendo estructural y persistente, los aumentos salariales nominales no resolverán la pérdida del poder adquisitivo.
En la siguiente entrega analizaremos cómo ha evolucionado históricamente el salario en Venezuela, cómo pasó de ser uno de los más altos de América Latina a uno de los más bajos, y qué decisiones económicas explican esa transformación.
Historia del salario en Venezuela: del auge petrolero al colapso del ingreso
Para comprender por qué hoy resulta tan complejo aumentar el salario en Venezuela sin generar inflación, es indispensable recorrer su historia salarial. El salario no siempre fue bajo ni precario. Por el contrario, durante buena parte del siglo XX, Venezuela tuvo uno de los ingresos laborales más altos de América Latina, impulsado por la renta petrolera y un Estado con alta capacidad de gasto.
Esta segunda parte del especial investigativo examina cómo el salario venezolano pasó de ser símbolo de prosperidad regional a convertirse en uno de los más deteriorados del continente, y qué decisiones económicas explican esa transformación.
El salario en la Venezuela petrolera: cuando el ingreso era sinónimo de estabilidad
Entre las décadas de 1950 y 1970, Venezuela vivió un periodo de crecimiento acelerado sustentado por la expansión petrolera. El ingreso per cápita se ubicaba entre los más altos de América Latina, y el salario mínimo tenía capacidad real de cubrir no solo la canasta básica, sino también bienes duraderos.
Durante esos años, el salario venezolano se convirtió en referencia regional. Miles de trabajadores migraron desde países vecinos atraídos por un ingreso que permitía movilidad social ascendente. El Estado, financiado por una renta petrolera creciente, podía sostener aumentos salariales reales sin generar desequilibrios macroeconómicos significativos.
Sin embargo, esta bonanza escondía una fragilidad estructural: la dependencia casi absoluta del petróleo como fuente de ingresos fiscales y divisas.
Los años ochenta: cuando el salario comenzó a perder poder real
El llamado “viernes negro” de 1983 marcó un punto de quiebre. La devaluación del bolívar puso fin a la ilusión de una moneda eternamente fuerte. A partir de entonces, el salario comenzó a perder capacidad adquisitiva de forma sostenida.
Durante la década de los ochenta, aunque los salarios nominales subían periódicamente, los precios lo hacían a un ritmo mayor. La inflación, que había sido moderada durante décadas, se convirtió en un fenómeno estructural. El salario empezó a desvincularse de su capacidad real de consumo.
Este periodo también mostró el agotamiento del modelo rentista: el Estado seguía gastando como en tiempos de abundancia, pero los ingresos petroleros ya no eran suficientes para sostener ese nivel de gasto sin recurrir a deuda o emisión monetaria.
Los noventa: ajuste, liberalización y deterioro social
La década de 1990 estuvo marcada por programas de ajuste económico, apertura comercial y reformas estructurales. Si bien algunos indicadores macroeconómicos mejoraron temporalmente, el salario real continuó deteriorándose, especialmente en los sectores más vulnerables.
El aumento del desempleo, la informalidad y la precarización laboral redujeron la capacidad del salario para funcionar como instrumento de protección social. Aunque se buscó contener la inflación, el impacto social de las políticas de ajuste limitó la recuperación real de los ingresos laborales.
El siglo XXI: entre expansión del gasto y fragilidad productiva
Con el inicio del siglo XXI y el auge de los precios petroleros entre 2004 y 2012, el salario volvió a experimentar una recuperación parcial. El Estado expandió el gasto social, aumentó salarios y multiplicó programas de transferencias directas.
Durante varios años, esta estrategia permitió mejorar los ingresos reales, reducir la pobreza y expandir el consumo. Sin embargo, una vez más, la mejora salarial no estuvo acompañada por una transformación estructural del aparato productivo.
La economía siguió dependiendo de las importaciones y de la renta petrolera, mientras la producción nacional no crecía al mismo ritmo que el gasto público.
2013–2021: el colapso salarial más severo de la historia moderna
La caída de los precios del petróleo a partir de 2014, combinada con desequilibrios fiscales, pérdida de capacidad productiva y restricciones financieras internacionales, desencadenó la peor crisis salarial registrada en Venezuela.
Entre 2017 y 2021, el país atravesó un proceso hiperinflacionario que destruyó prácticamente el salario real. Aunque se decretaron múltiples aumentos nominales, estos fueron completamente absorbidos por la inflación y la devaluación.
El salario mínimo pasó de equivaler a cientos de dólares mensuales a ubicarse por debajo de los cinco dólares en su punto más crítico. Esta caída no fue producto de un solo factor, sino de la combinación de colapso productivo, emisión monetaria descontrolada y pérdida de confianza en la moneda.
La dolarización de facto y el salario fragmentado
Ante la pérdida de valor del bolívar, la economía venezolana se reconfiguró de facto hacia el uso extendido del dólar y otras monedas extranjeras. Esto dio lugar a un salario fragmentado: una parte formal en bolívares y otra informal en divisas, generalmente sin protección legal ni beneficios laborales asociados.
Este fenómeno profundizó las desigualdades: sectores vinculados al comercio, servicios o remesas pudieron mejorar ingresos en dólares, mientras amplios segmentos del sector público y trabajadores formales quedaron anclados a salarios extremadamente bajos en moneda nacional.
Por qué la historia salarial explica la fragilidad actual
El recorrido histórico del salario venezolano revela un patrón recurrente: mejoras basadas en renta petrolera y gasto público, sin respaldo productivo estructural. Cada vez que la renta se contrajo, el salario colapsó.
Esta dinámica explica por qué hoy resulta tan difícil aumentar salarios de forma sostenible: no basta con decretar incrementos, es necesario modificar las bases económicas que históricamente han determinado su fragilidad.
Lecciones que deja un siglo de política salarial
La principal lección es clara: los salarios duraderos no se construyen solo con ingresos fiscales extraordinarios, sino con una economía productiva, diversificada y estable. Mientras el salario dependa casi exclusivamente de la renta y no del valor creado por la economía real, seguirá siendo vulnerable.
En la próxima parte del especial analizaremos el vínculo entre salario, deuda interna y gasto público, para entender por qué el aumento salarial también es un problema fiscal y no solo laboral.
Salario, deuda interna y gasto público: el nudo fiscal venezolano
En Venezuela, el salario no es únicamente una variable laboral o social: es una variable fiscal. Cada aumento salarial decretado por el Estado impacta de forma directa sobre la estructura del gasto público y, de manera más profunda, sobre la deuda interna. Comprender esta relación es clave para entender por qué un incremento salarial, aun siendo socialmente necesario, se convierte en un desafío macroeconómico.
Esta tercera parte del especial investigativo analiza cómo el salario público se ha transformado en uno de los principales motores del crecimiento de la deuda interna venezolana y cómo esta dinámica condiciona la política económica actual.
El salario público como compromiso financiero estructural
En economías normales, el salario es un costo operativo corriente. En Venezuela, debido al tamaño del sector público y su rol dominante en la economía, el salario se convierte en un compromiso financiero estructural del Estado.
No se trata únicamente del pago mensual: cada aumento salarial activa automáticamente obligaciones asociadas, como prestaciones sociales, aportes patronales, pensiones, jubilaciones y beneficios conexos. Estas obligaciones no se extinguen con el pago del sueldo, sino que se acumulan en el tiempo.
Así, el salario público deja de ser un gasto transitorio y se convierte en una forma de deuda implícita que presiona permanentemente las cuentas fiscales.
Deuda interna: cuando el Estado se debe a sí mismo y a su sociedad
La deuda interna venezolana no está compuesta solo por bonos, letras del tesoro o compromisos con la banca. Incluye también deudas laborales acumuladas: pasivos por prestaciones, retroactivos salariales, pagos diferidos a jubilados y compromisos con fondos públicos.
Esto genera una particularidad crítica: una parte significativa de la deuda interna no es financiera, sino social. No se le debe únicamente a inversionistas o bancos, sino a millones de trabajadores activos y retirados.
En este contexto, cada aumento salarial no financiado adecuadamente amplía una deuda que no puede reestructurarse como un bono, porque su acreedor es el propio tejido social del país.
El círculo fiscal: salario que se paga con deuda
Cuando el Estado carece de ingresos suficientes para cubrir aumentos salariales con recursos ordinarios, recurre a mecanismos indirectos de financiamiento: emisión monetaria, endeudamiento interno o retraso en pagos a proveedores y trabajadores.
De esta forma se genera un círculo fiscal: se aumenta el salario para proteger el ingreso real, pero al financiarse con deuda o emisión, se debilita el valor de la moneda y se incrementa la necesidad de nuevos aumentos.
Este ciclo explica por qué el salario ha terminado siendo, paradójicamente, una de las principales fuentes de inestabilidad fiscal, en lugar de un instrumento de estabilidad social.
Gasto público rígido y margen fiscal reducido
Una de las consecuencias más visibles de esta dinámica es la rigidez del gasto público. En Venezuela, una proporción muy elevada del presupuesto se destina a compromisos fijos: salarios, pensiones, jubilaciones y transferencias sociales.
Esto deja un margen extremadamente reducido para inversión productiva, mantenimiento de infraestructura o estímulo al sector privado. El Estado gasta casi todo en sostener su propia estructura operativa, sin capacidad suficiente para transformar la economía.
Así, el salario no solo presiona la deuda interna, sino que también desplaza otros gastos estratégicos, perpetuando la debilidad estructural del aparato productivo.
Cuando el salario compite con la inversión
En términos económicos, se produce un fenómeno de desplazamiento: los recursos que podrían destinarse a inversión productiva terminan absorbidos por el pago de salarios y deuda laboral.
Esto tiene una consecuencia directa: al no invertirse en producción, no se amplía la base económica que permitiría pagar mejores salarios de forma sostenible en el futuro. Se sacrifica crecimiento para sostener el presente.
Este es uno de los dilemas centrales del modelo fiscal venezolano: proteger ingresos hoy compromete la posibilidad de generar ingresos mañana.
El salario como indicador de estrés fiscal
En economías sanas, el salario refleja productividad. En Venezuela, el salario se ha convertido en un indicador de estrés fiscal: cuando sube sin respaldo productivo, revela que el Estado está forzando su estructura financiera para sostener el ingreso.
Por eso, más que preguntar cuánto debe subir el salario, la pregunta estructural es: con qué se va a pagar ese salario sin generar nuevas distorsiones.
El dilema político-económico del salario público
Reducir o congelar salarios es socialmente inviable. Aumentarlos sin respaldo es fiscalmente riesgoso. Este dilema coloca al Estado venezolano ante una disyuntiva compleja: proteger a los trabajadores sin desestabilizar aún más las finanzas públicas.
Esta tensión explica por qué la política salarial en Venezuela ha dejado de ser una decisión técnica y se ha convertido en una de las decisiones políticas más sensibles del país.
Por qué el problema no es solo salarial, sino estructural
El problema de fondo no es el salario en sí, sino el modelo económico que lo sostiene. Mientras la economía no genere valor suficiente fuera del Estado, el salario seguirá siendo financiado artificialmente.
En la siguiente parte del especial analizaremos cómo este modelo impacta directamente en el sector privado, el empleo formal y la capacidad real de crecimiento económico.
Salario y sector privado: la economía que no logra absorber aumentos reales
Uno de los mayores malentendidos en el debate salarial venezolano es asumir que el aumento del salario público puede trasladarse de forma automática al sector privado. En realidad, el sector productivo nacional opera bajo condiciones estructurales que le impiden replicar incrementos salariales sin afectar su propia supervivencia.
Este desequilibrio entre salario decretado y salario generado por productividad explica por qué los aumentos nominales no se traducen en mejoras reales y sostenibles del ingreso.
Un sector privado debilitado por años de contracción
La economía venezolana no enfrenta simplemente un problema salarial, sino un problema de base productiva. Tras más de una década de recesión prolongada, miles de empresas cerraron, otras operan al mínimo y una porción importante del empleo se desplazó hacia la informalidad.
En este contexto, el sector privado que sobrevive no lo hace por expansión, sino por adaptación extrema: reducción de nóminas, externalización de procesos, subcontratación y salarios comprimidos.
Pedirle a esta estructura productiva que absorba aumentos salariales similares a los del sector público equivale a exigirle crecer sin capital, sin crédito y sin mercado interno sólido.
La productividad como límite real del salario
Desde el punto de vista económico, el salario sostenible está determinado por la productividad. Ninguna empresa puede pagar de forma permanente más de lo que produce.
En Venezuela, la productividad promedio se encuentra severamente afectada por fallas eléctricas, precariedad logística, falta de financiamiento, escasez de insumos y restricciones comerciales.
Así, el problema no es que el empresariado “no quiera” pagar mejores salarios, sino que la estructura productiva no genera suficiente valor agregado para sostenerlos.
El salario como costo, no como inversión
En economías dinámicas, el salario se concibe como una inversión en capital humano. En Venezuela, para la mayoría de las empresas, el salario se percibe como un costo que amenaza la viabilidad financiera.
Esta percepción no surge por cultura empresarial, sino por ausencia de condiciones que permitan convertir el trabajo en mayor productividad: tecnología, financiamiento, estabilidad jurídica y demanda solvente.
Mientras el salario no esté conectado a una mejora real de productividad, cualquier aumento se traducirá en reducción de empleo o aumento de precios.
La desconexión entre salario público y salario privado
Una de las distorsiones más profundas del modelo venezolano es la brecha entre salario público decretado y salario privado generado por mercado.
Cuando el Estado incrementa salarios sin que el sector privado pueda seguir el ritmo, se genera una segmentación laboral: trabajadores públicos protegidos por decreto y trabajadores privados sometidos a la capacidad real de las empresas.
Este fenómeno termina incentivando la migración laboral hacia el sector público o hacia actividades informales, debilitando aún más la base productiva privada.
El empleo informal como válvula de escape salarial
Ante la imposibilidad del sector privado formal de absorber aumentos, la economía venezolana ha canalizado una parte creciente de su fuerza laboral hacia la informalidad.
En este espacio, el salario deja de estar regulado por leyes laborales y pasa a depender directamente del ingreso diario generado. Esto fragmenta el mercado laboral y reduce la protección social.
Así, el aumento salarial formal convive con una masa creciente de trabajadores sin salario fijo, sin prestaciones y sin estabilidad.
Por qué subir salarios no reactiva automáticamente la economía
Existe la creencia de que aumentar salarios reactiva el consumo y, por tanto, la economía. Esto solo ocurre cuando existe una oferta productiva capaz de responder a esa demanda.
En Venezuela, el aumento del ingreso sin expansión productiva termina alimentando importaciones, presión cambiaria o inflación, sin generar un círculo virtuoso interno.
El salario, aislado de una política productiva integral, no reactiva la economía: apenas redistribuye una escasez existente.
El falso dilema entre salario y empleo
Frecuentemente se plantea que subir salarios destruye empleo. En realidad, lo que destruye empleo no es el salario en sí, sino la desconexión entre salario y capacidad productiva.
Cuando una economía crece, puede pagar mejores salarios sin destruir empleo. Cuando está estancada, cualquier presión salarial adicional acelera cierres o informalización.
El dilema venezolano no es salario versus empleo, sino estancamiento productivo versus sostenibilidad laboral.
Hacia una política salarial compatible con la economía real
Una política salarial sostenible no puede diseñarse solo desde el Ejecutivo ni solo desde la presión social. Debe construirse sobre tres pilares: crecimiento productivo, estabilidad macroeconómica y concertación entre Estado, empresas y trabajadores.
Mientras estos tres elementos no converjan, el salario seguirá siendo una variable políticamente sensible pero económicamente frágil.
La clave pendiente: reconstruir la capacidad de producir
En última instancia, ningún debate salarial puede resolverse sin enfrentar el problema central de la economía venezolana: su limitada capacidad de producir riqueza real.
En la próxima parte del especial abordaremos cómo la estructura monetaria y cambiaria condiciona directamente la viabilidad de cualquier política salarial, cerrando así el ciclo completo de análisis.
Moneda, tipo de cambio y salario: donde realmente se decide el poder adquisitivo
Si existe un factor que condiciona todos los debates salariales en Venezuela, ese es el comportamiento de su moneda. El salario, por elevado que parezca en bolívares, termina dependiendo casi por completo de su relación con el dólar y de la estabilidad del sistema monetario.
En la economía venezolana contemporánea, el salario ya no se mide por su valor nominal, sino por su capacidad de resistir la depreciación monetaria.
El bolívar como unidad salarial debilitada
Durante décadas, el bolívar fue una moneda fuerte y estable. Sin embargo, tras los procesos de hiperinflación entre 2017 y 2021 y la posterior devaluación sostenida, dejó de cumplir adecuadamente su función como reserva de valor.
Cuando una moneda pierde esta capacidad, cualquier salario expresado en ella se convierte en una cifra transitoria, válida solo por semanas o incluso días.
Esto explica por qué los aumentos salariales nominales en Venezuela suelen evaporarse rápidamente: no es el salario el que falla, es la moneda que lo sostiene.
El tipo de cambio como verdadero marcador salarial
En la práctica, el salario venezolano se evalúa en función del dólar, aunque se pague en bolívares. Esto no es una anomalía cultural, sino una respuesta racional a la pérdida de confianza en la moneda local.
El problema surge cuando el salario aumenta en bolívares pero el tipo de cambio se ajusta al alza poco después, anulando su efecto real.
Así, el tipo de cambio se convierte en un árbitro silencioso que define si un aumento salarial fue real o apenas simbólico.
La dolarización de facto y su impacto laboral
Desde 2019, Venezuela opera bajo una dolarización informal que transformó profundamente el mercado laboral. Una parte importante de las transacciones, salarios privados y contratos se fijan directa o indirectamente en dólares.
Este fenómeno creó una doble estructura salarial: una en bolívares, altamente vulnerable, y otra indexada al dólar, mucho más estable.
La consecuencia social es clara: trabajadores dolarizados y trabajadores bolivarizados conviven en un mismo mercado con capacidades adquisitivas radicalmente distintas.
El salario indexado: ¿solución o ilusión?
Ante la fragilidad del bolívar, algunos proponen indexar salarios al dólar o a la inflación. Sin embargo, esta medida solo funciona si existe una base productiva capaz de respaldar esos ingresos.
Indexar sin productividad genera una transferencia automática de inestabilidad al sistema salarial, perpetuando la presión sobre precios y tipo de cambio.
La indexación no crea riqueza: solo redistribuye una escasez existente.
Por qué el BCV es clave para cualquier política salarial
Ninguna política salarial puede sostenerse si el Banco Central no logra controlar la emisión monetaria y estabilizar la oferta de bolívares.
Cuando el financiamiento del gasto público se apoya excesivamente en creación de dinero, el resultado inmediato es depreciación cambiaria y pérdida salarial real.
Por eso, el salario no depende solo del Ministerio del Trabajo o de Finanzas, sino de una arquitectura monetaria creíble y disciplinada.
El salario como variable monetaria, no solo laboral
En economías estables, el salario es una variable laboral. En Venezuela, se ha convertido también en una variable monetaria.
Esto significa que discutir salario sin discutir política cambiaria, control de liquidez y credibilidad monetaria es analizar solo una parte del problema.
El poder adquisitivo ya no se decide en la nómina, sino en el mercado cambiario.
La paradoja salarial venezolana
La gran paradoja es que Venezuela puede decretar aumentos salariales, pero no puede decretar estabilidad monetaria.
Mientras el bolívar siga perdiendo valor, el salario seguirá siendo una carrera entre el ingreso y la devaluación, donde casi siempre gana la devaluación.
Hacia una nueva arquitectura del salario
Un salario sostenible en Venezuela no puede construirse solo sobre decretos, ni solo sobre indexación, ni solo sobre subsidios.
Debe surgir de una convergencia entre moneda estable, sector productivo activo y política fiscal disciplinada.
Sin ese trípode, cualquier política salarial será, en el mejor de los casos, temporal; en el peor, generadora de nuevas distorsiones.
El salario como reflejo de la economía, no como su motor artificial
La experiencia venezolana demuestra que el salario no puede sustituir al crecimiento económico ni a la estabilidad monetaria.
El salario no crea economía: la refleja. Cuando la economía es débil, el salario también lo es, por más que se intente inflarlo por decreto.
Por ello, la verdadera reforma salarial en Venezuela comienza fuera de la nómina: empieza en la moneda, en la producción y en la confianza.
