ICE traslada migrantes a cárceles en El Salvador y otros países, vulnerando derechos humanos y debido proceso en contextos transnacionales...
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| ICE traslada migrantes a cárceles en El Salvador y otros países, vulnerando derechos humanos y debido proceso en contextos transnacionales. |
Qué implica hablar de abusos de ICE y derechos humanos
Los abusos de ICE y la crisis de derechos humanos en Estados Unidos se han convertido en uno de los temas más sensibles y polémicos de la política contemporánea. La migración, que históricamente fue tratada como un asunto administrativo, se transformó en un instrumento de poder geopolítico, capaz de influir en relaciones diplomáticas, acuerdos comerciales y dinámicas de seguridad regional. Según informes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de 2025, las decisiones migratorias estadounidenses afectan directamente la estabilidad política de México, Centroamérica y el Caribe, convirtiendo la frontera sur en un espacio donde convergen intereses estratégicos, tensiones raciales y disputas por la soberanía.
Historia y evolución de los abusos de ICE en el sistema migratorio
El sistema migratorio moderno de Estados Unidos se consolidó con la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1952, que estableció las bases legales para regular la entrada y permanencia de extranjeros. En 1996, la Ley de Reforma de Inmigración Ilegal y Responsabilidad del Inmigrante introdujo deportaciones expeditas y el programa 287(g), que permitió a policías locales actuar como agentes migratorios. Este cambio abrió la puerta a prácticas de perfilamiento racial y a detenciones basadas en apariencia, idioma o acento.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la creación de ICE en 2003 marcó un giro hacia la securitización de la migración. La agencia pasó a ser un brazo operativo del Departamento de Seguridad Nacional, con amplias facultades para detener, interrogar y deportar. Según datos oficiales de 2025, más de 60.000 personas eran detenidas diariamente en centros migratorios, lo que evidencia la magnitud de un sistema que evolucionó hacia un modelo de control masivo.
Datos clave sobre abusos de ICE y violaciones de derechos humanos
El año fiscal 2025 registró 22 muertes bajo custodia de ICE, la cifra más alta en dos décadas. Texas concentró más de 17.000 detenidos, seguido por Luisiana y California, con cifras superiores a los 10.000. Las nacionalidades más afectadas fueron Haití, Nicaragua, Eritrea y Bulgaria. Según un estudio de la Universidad de Harvard de 2024, la externalización del control migratorio hacia México y Centroamérica ha generado crisis humanitarias en países de tránsito, donde miles de migrantes quedan atrapados sin protección legal y expuestos a violencia, extorsión y explotación.
Perfilamiento racial, idioma y religión como factores de abuso
Diversos informes académicos documentan que el perfilamiento racial y lingüístico es una práctica recurrente en redadas migratorias. El acento, la falta de documentos en inglés o la pertenencia a comunidades afrocaribeñas o musulmanas se convierten en indicadores de sospecha. Un reporte del Banco Mundial de 2023 señala que estas comunidades enfrentan controles más intrusivos, lo que revela un sesgo institucional que afecta tanto a migrantes como a ciudadanos estadounidenses. Este fenómeno convierte la política migratoria en un espejo de las tensiones raciales y religiosas que persisten en la sociedad estadounidense.
Casos documentados que evidencian abusos de ICE
En julio de 2025, una redada en Glass House Brands, California, resultó en 360 arrestos, incluyendo trabajadores y familiares. En junio del mismo año, operativos simultáneos en 16 ciudades de 15 estados desataron protestas masivas y decenas de detenciones adicionales. En enero de 2026, una mujer murió en Minneapolis durante una redada de ICE, lo que generó un debate nacional sobre el uso de fuerza letal en operativos civiles. Estos casos documentados muestran cómo la política migratoria se entrelaza con la represión social y la erosión de derechos fundamentales.
Violaciones constitucionales asociadas a los abusos de ICE
Las prácticas de ICE han sido señaladas por violar principios fundamentales de la Constitución de Estados Unidos, especialmente el derecho al debido proceso y la igualdad ante la ley. La Quinta y la Decimocuarta Enmienda protegen a todas las personas dentro del territorio estadounidense, independientemente de su estatus migratorio. Sin embargo, miles de migrantes son detenidos sin acceso a representación legal, sin audiencia judicial adecuada o sin la posibilidad de presentar su caso ante un tribunal.
La política de “tolerancia cero”, implementada en 2018, llevó a la separación de miles de familias en la frontera sur. Según informes de la CIDH, esta práctica violó el derecho a la unidad familiar y afectó gravemente el bienestar psicológico de los niños. A pesar de que la política fue oficialmente suspendida, cientos de menores no han sido reunidos con sus padres.
Condiciones inhumanas en centros de detención
Organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional han documentado condiciones inhumanas en centros de detención de ICE: hacinamiento extremo, falta de atención médica, negligencia, abuso físico y psicológico. Un informe de 2023 reveló que más de 200 migrantes murieron bajo custodia en tres años, muchas veces por causas prevenibles como enfermedades no tratadas. Estas condiciones violan la Convención contra la Tortura y otros Tratamientos Crueles, Inhumanos o Degradantes.
Arrestos de ICE y envío de migrantes a cárceles en El Salvador
En el marco de los abusos de ICE y la crisis de derechos humanos en Estados Unidos, un elemento particularmente grave que ha comenzado a salir a la luz es el patrón de arrestos y traslados de migrantes a cárceles en El Salvador y otros países, muchas veces con conocimiento, coordinación e incluso respaldo político de ambos gobiernos. Lejos de limitarse a las deportaciones tradicionales hacia el país de origen, se ha consolidado un modelo de externalización carcelaria en el que personas detenidas por ICE, incluyendo venezolanos, haitianos, nicaragüenses y centroamericanos, son enviadas a centros penitenciarios salvadoreños de máxima seguridad, pese a no ser nacionales de ese país. Según informes de organizaciones de derechos humanos y reportes periodísticos de 2024 y 2025, estos traslados no son hechos aislados, sino parte de acuerdos bilaterales en los que El Salvador se ofrece como Estado receptor de población criminalizada por Estados Unidos, reproduciendo un esquema donde los migrantes son tratados como piezas de negociación geopolítica antes que como sujetos de derechos.
La lógica de estos acuerdos es particularmente preocupante. En febrero de 2025, diversos medios recogieron declaraciones de funcionarios del Departamento de Estado estadounidense que confirmaban que El Salvador aceptaría inmigrantes catalogados como “violentos” o “peligrosos” por ICE, sin limitarse a ciudadanos salvadoreños. Bajo ese paraguas, personas detenidas en redadas en ciudades estadounidenses, algunas sin condenas penales firmes o sin haber agotado sus recursos legales, fueron enviadas a megacárceles salvadoreñas diseñadas para el encarcelamiento masivo. En paralelo, se documentaron traslados hacia otros países donde los migrantes no conocían el idioma, como Bulgaria, Rumanía o Albania, dentro de esquemas de “tercer país seguro” o convenios de detención temporal, lo que los coloca en una situación de aislamiento extremo y casi total indefensión. Este tipo de prácticas rompe con el principio de seguridad jurídica, porque las personas son desplazadas de una jurisdicción a otra sin información clara, sin acceso a traductores y sin asistencia legal efectiva, lo cual vulnera el derecho al debido proceso y el acceso a una defensa adecuada.
Testimonios recopilados por organizaciones de la sociedad civil describen un patrón de desinformación y ruptura de lazos familiares que agrava la violencia institucional. Familiares de migrantes reportan que, tras su detención por ICE, perdieron completamente el rastro de sus parientes por semanas o meses, hasta descubrir que habían sido trasladados a cárceles salvadoreñas de máxima seguridad, muchas veces bajo regímenes de encierro extremos, sin visitas y con comunicaciones muy limitadas. En el caso de quienes fueron enviados a países europeos o de Europa del Este, donde no hablan el idioma local, la situación se vuelve aún más dramática: no entienden las órdenes que se les dan, no pueden comunicar sus necesidades básicas ni explicar su situación legal, y dependen por completo de intermediarios, custodios o funcionarios que, en numerosos casos, no tienen la obligación ni la intención de ofrecerles orientación. Este desarraigo lingüístico y cultural no es un mero detalle secundario: convierte cada trámite, cada audiencia y cada interacción en una barrera más, consolidando un entorno de despersonalización total.
Diversos especialistas en derecho internacional han advertido que estos traslados coordinados, en los que ICE detiene, clasifica y luego deriva migrantes a cárceles de terceros países con anuencia de los gobiernos involucrados, constituyen un paso más en la consolidación de un sistema transnacional de represión migratoria. En lugar de enfrentar con transparencia las consecuencias de sus políticas internas, Estados Unidos externaliza el encierro, delegando en países con sistemas penitenciarios fuertemente cuestionados la tarea de contener a personas etiquetadas como amenaza. El Salvador, con su modelo de megacárceles y discursos punitivistas, se presenta como socio ideal para este tipo de acuerdos, mientras otros países sirven como destinos donde la barrera idiomática funciona como una forma silenciosa de castigo adicional. Todo esto ocurre en un contexto en el que las personas migrantes ya han sido doble y triplemente vulneradas: primero por la expulsión de sus países de origen, luego por la detención y criminalización en Estados Unidos, y finalmente por su redistribución a prisiones extranjeras donde ni siquiera el idioma les pertenece. En términos de derechos humanos, este encadenamiento de violencias evidencia que los abusos de ICE no se limitan al territorio estadounidense, sino que se proyectan hacia una geografía ampliada de control y castigo que atraviesa fronteras y convierte la movilidad humana en un campo de experimentación punitiva a escala regional y global.
Externalización del control migratorio y sus efectos regionales
La política migratoria estadounidense ha sido criticada por su enfoque de externalización, delegando a México y Guatemala la responsabilidad de contener los flujos migratorios. Programas como “Quédate en México” obligaron a miles de solicitantes de asilo a esperar en condiciones precarias mientras sus casos eran procesados. Según informes de 2024, esta práctica expuso a los migrantes a secuestros, violencia sexual y asesinatos en zonas controladas por grupos criminales.
Impacto de los abusos de ICE en la democracia estadounidense
Los abusos de ICE no solo afectan a migrantes; también erosionan la democracia estadounidense. El programa 287(g), que delega funciones migratorias a policías locales, genera disparidades territoriales y errores de detención de ciudadanos estadounidenses. Según el Banco Mundial, estas prácticas debilitan la confianza pública en las instituciones y proyectan un modelo de control que trasciende las fronteras nacionales.
Consecuencias geopolíticas y humanitarias
La externalización del control migratorio ha generado crisis humanitarias en países de tránsito. En el Caribe, Haití y Cuba enfrentan restricciones en programas de protección y aumento de deportaciones. En Venezuela, la política migratoria estadounidense se ha utilizado como herramienta de aislamiento político, retirando permisos temporales a cientos de miles de migrantes. A nivel global, la política migratoria de EE.UU. se ha convertido en un modelo de securitización replicado por otros países.
Reflexión final sobre los abusos de ICE y la crisis de derechos humanos
Los abusos de ICE y la crisis de derechos humanos en Estados Unidos revelan un sistema migratorio que ha perdido su carácter administrativo para convertirse en un mecanismo de control político y geopolítico. Las violaciones al debido proceso, las condiciones inhumanas de detención, el perfilamiento racial y la separación de familias muestran un patrón estructural que contradice los valores democráticos del país. La comunidad internacional continúa instando a Estados Unidos a reformar su sistema migratorio y garantizar un trato humano y justo para todas las personas. El futuro dependerá de si el país decide mantener la migración como herramienta de presión o como oportunidad para reconstruir su legitimidad en materia de derechos humanos.
